Sin huevos no hay paraíso

Sin huevos no hay paraíso                              

Escrito por Dr. Mauro Fernández Sandí   

 

En
los hogares, en los medios, en las aulas y en la calle, dejamos de
enseñar que solo en la lucha tenaz de fecunda labor que enrojece del
hombre la faz, se consigue y se mantiene el eterno prestigio, estima y
honor.

Hace
unos meses, nos vimos sorprendidos por el nombre de una novela. Sin
tetas no hay paraíso, sorprendió porque era probablemente la primera
vez que se daba tal permisividad lingüística, pero también, porque en
cierta forma, revela la nueva ideología emergente en la sociedad
occidental.

Las
diferentes civilizaciones han logrado surgir y sobrevivir gracias al
esfuerzo y el trabajo de sus patricios, quienes hicieron de la
austeridad y la abnegación su norte y con ello lograron el esplendor de
las diferentes culturas. Hombres con espíritu de acero que doblaron las
inclemencias de la selva. Hombres con espíritus indomables que nunca le
dijeron no al trabajo. Hombres con espíritus tenaces que se reían con
sus hechos de los imposibles.

Esos
son los hombres que hay en nuestro pasado y esos son los hombres que
configuraron la Costa Rica que hoy disfrutamos. Fueron ellos los que
idearon la educación gratuita para todos, fueron ellos los que
conceptualizaron los servicios médicos de cobertura universal, fueron
ellos los que idearon una sociedad sin armas, fueron ellos los que
pusieron un teléfono público en cada pueblo y luego un teléfono en cada
casa, fueron ellos los que llevaron agua potable y luz eléctrica a
todas las comunidades. Sí, fueron ellos los que nos legaron ese
paraíso.

Luego,
en nuestra sociedad, las cosas fueron cambiando. Las nuevas
generaciones surgieron alérgicas al sudor. El trabajo dejó de ser un
aliado, los labriegos y sencillos se fueron haciendo cada vez menos y
surgió un nuevo perfil de persona: una que ostenta, que trabaja poco,
que consume mucho y que no tiene agallas.

Hoy
nos preguntamos qué pasó con ese paraíso que era nuestro país. No
podemos entender por qué hay tanto asalto, por qué la droga está
carcomiendo a nuestra población desde la más temprana edad. No sabemos
por qué hoy, desde el seno del hogar, brota la violencia; por qué este
país, que era un paraíso, se convirtió en lugar inseguro para el
individuo honesto.

No
hay duda que el principal motivo de este infierno que vivimos, es la
pérdida del sentido de consecución. Hemos perdido lo que nos
caracterizó por años, hemos perdido lo que nos permitió fortalecernos
como nación. El luchar por la vida, el ganarse el pan con el sudor de
la frente, dejó de ser una consigna nacional.

Hoy,
grandes rubros de nuestra población andan tras la vida fácil. Muchos de
nuestros ricos dejaron de ser honestos e inteligentes y muchos de
nuestros pobres dejaron de ser trabajadores. Y aquella gran clase
media, se concentró en sobrevivir con el menor esfuerzo posible.

En
nuestras aulas es vergonzoso ser un verde, la excelencia dejó de ser la
meta. Hoy la idea es pasar raspando y si no, no importa, se repite. La
educación no nos la regalaron. Nuestro sistema educativo le costó alma
, vida y corazón a nuestros próceres. Muchos pueblos todavía hoy,
luchan por tener un sistema como el nuestro y, sin embargo, buena parte
de nuestro estudiantado ve en el estudio una fastidiosa faena que los
aleja de la fiesta y el vacilón. Las casuísticas nacionales revelan que
entre uno y dos de cada tres estudiantes no termina la secundaria, que
el 30% de los jóvenes no estudia ni trabaja, es decir, son mantenidos
que han hecho de la vagancia su forma de vida.

El
ahorro y el ser comedido están a punto de extinguirse. Porcentajes
importantes de los ingresos familiares se van en modas y conciertos, en
carros y en iPods, en celulares y en pantallas de plasma. Y no se crea
que éste mal solo carcome a las clases altas. Hasta en hogares humildes
y en precarios, se observan estas vanidades. Hoy, muchos de los
subsidios gubernamentales al estudiantado, se gastan en celulares a
vista y paciencia de unos padres siempre complacientes.

Entre
las víctimas de esta pérdida de identidad, se cuentan también el Niñito
Dios y San Nicolás. Antes traían caballitos de palo, carros ganaderos y
muñecas de vestir. Hoy llenan a nuestros niños con juguetes de marcas
por los que cobran una fortuna.

Nuestros
centros universitarios son una paradoja. Unos, rodeados de bares donde
sucumbe con facilidad el estudiantado y otros, parecen centros
comerciales con food courts repletos de grasa. Todo en nombre de la
libertad. Muchos de nuestros estudiantes hoy son amamantados con
cerveza y se terminan de criar con un trago en cada mano, porque cuanto
evento juvenil se programa, es patrocinado rápida y generosamente por
la industria del licor.

De
alguna manera, la educación dejó de ser una herramienta y se convirtió
en un simple requisito. Dejó de formar y se conformó con enseñar. De
alguna manera, la educación perdió su esencia, la que tan bien
definiera Rodrigo Facio, si no trasforma no es educación. Hoy abundan
los profesionales que simplemente son mal educados, que, como decían
nuestros abuelos, pasaron por las universidades pero las universidades
parece que no pasaron por ellos, porque se comportan como patanes y
engreídos.

El
ejercicio, cuando se hace, suele hacerse para lucirse y no por salud.
El aspecto se volvió tan importante, que miles de quinceañeras piden
suplicantes como regalo de cumpleaños unas prótesis de siliconas. Bajo
la nueva ideología imperante, ya no es necesario que una mujer estudie,
ya no es necesario que una mujer aprenda una destreza o un oficio. Si
es bonita y pechugona, se le abren un sinfín de puertas. Y aunque no
cabe duda que eso es cierto, también lo es que las puertas que se les
suelen abrir son las del abuso, la explotación y el maltrato.

Nos
volvimos consumistas. Andamos con tenis que cuestan medio salario base,
con colonias de precios extravagantes y lucimos las marcas con el fin
de buscar aprobación y estima, sin darnos cuenta que eso simplemente
produce relaciones vacías e insulsas.

No
se crea que el paraíso que siempre fue nuestro país y que era ejemplo
en el mundo, se desgasta por generación espontánea. Precisamente lo
estamos perdiendo por importar estilos de vida que son decadentes y
corruptos, que desdichadamente afloran en los medios, llámense
televisión, radio, Internet o revistas.

Hoy,
la televisión enseña los valores de la desidia y el desdén, con
personajes que se mofan de su ignorancia y de la presteza con la que
viven el absurdo de la abundancia mal habida. Internet está repleto de
sitios que contaminan nuestras pantallas con material sexual y llenan
la cabeza de nuestros jóvenes con errados y peligrosos esquemas
sexuales.

Por
eso, entre el catorce y el veinte por ciento de los niños que nos trae
la cigüeña, son de madres adolescentes. Por eso, solo el año pasado
tuvimos cerca de ochenta escolares embarazadas. Por eso, los
adolescentes son los que más padecen de enfermedades venéreas. Por eso
y por mucho más, es que este país se está quedando sin cultura, sin
juventud y sin deporte.

Cerca
de la mitad de los costarricenses padece de obesidad. Nos volvimos
echados, somos sedentarios, tenemos tiempo para todo pero no para
nuestro cuerpo. No velamos por la salud, no podemos quitarle a la
televisión, al ‘happy hour’ y al dos por uno un poco del montón de
tiempo que le dedicamos, para destinarlo al ejercicio, para ir a correr
tan siquiera cincuenta minutos diarios.

Por
eso, por esa falta de fuerza de voluntad, nos estamos muriendo de
infartos, derrames cerebrales, cáncer, descompensaciones diabéticas.
Porque en el nombre de una vida fácil, hemos descuidado el mayor
tesoro: la salud. Hoy los salubristas nos hablan de niños obesos, de
jóvenes obesos, de adultos obesos y de ancianos obesos, porque es el
país como un todo el que está cayendo hincado ante la grasa y el
sedentarismo.

Ya
nuestros niños no corren, no juegan quedó ni escondido , no levantan un
papalote, ni se llenan de tierra, ni suben a los palos. Hoy, desde
pequeños están encerrados de siete a tres en el kínder de la esquina y,
al llegar a la casa, solamente ven televisión y juegan play station.
Perdimos el contacto con la naturaleza. Muchos niños no conocen cómo se
ordeña una vaca, cómo se apea una naranja, cómo es un palo de jocote,
cómo se coge café. Muchos de nuestros niños no conocen esa Costa Rica .

En
los hogares, en los medios, en las aulas y en la calle, dejamos de
enseñar que solo en la lucha tenaz de fecunda labor que enrojece del
hombre la faz, se consigue y se mantiene el eterno prestigio, estima y
honor, que conquistaron aquellos labriegos y sencillos. Hoy, se dejó de
enseñar que sin huevos no hay paraíso.